Carta encontrada en los anales del correo argentino. Ritcher a Curwen.

Querido J. Curwen:

            Espero, tenga tiempo de leer el informe que publicó el comité investigador que visitó la Isla el pasado mes. Estoy devastado. No por el informe, sino por mi falta a la finalidad de nuestra misión. Hace más de una semana que paso los días sentado frente a la ventana de mi casa. Hago memoria, entre tazas de té con coñac, de aquel día en que llegó a la puerta de mi habitación en la Universidad Alemana de Praga. Por ese entonces, si mal no recuerdo, yo acababa de presentar mi proyecto de tesis sobre la posibilidad de captación de Rayos Delta. Recuerdo que cuando abrí la puerta de mi cuarto usted sostenía, sonriente, una copia de aquel informe frente a mi cara y me repetía, una y otra vez, que era un genio, mientras dos semanas después se descartaba mi proyecto por considerarse “pseudocientífico”. Pero gracias a usted y su amistad con el General en Argentina, pude viajar y ser bien recibido aquí, en este hermoso país al que tanto le debo. Es imposible no recordar aquel momento en el que el General pronunció aquellas palabras que me llenaron de orgullo el corazón: Él es mi único representante en la isla Huemul, donde ejercerá por delegación mi misma autoridad.

            Recuerdo mi llegada aquí, mis reuniones con los comités asesores, con el General; nuestras noches de bebida y charlas, sobre tiempos antiguos y nuestros señores libres del tiempo y el espacio, ¡Cthulhu fhtagn! A veces pienso en lo hermoso que hubiese sido poder llegar a nuestro cometido, y tengo que pedirle disculpas por no haber cumplido, otra vez. Era el momento perfecto, el caldo de cultivo emocional del pueblo estaba listo para los preparativos que estábamos llevando a cabo, las condiciones exteriores eran las adecuadas, el poder de La Maquinaria estaba casi al nivel necesario para el objetivo pactado, los sacrificios estaban preparados y el calendario astronómico estaba listo gracias a nuestro departamento de astronomía. Todo estaba en su lugar y de pronto, como un castillo de cartas enfermo, todo se desplomó. Y nuevamente me arrebataron el éxito de las manos.

            Sé que sonará estúpido y melodramático, pero estoy meditando la posibilidad de quitarme la vida, se aproxima una noche de luna llena, tengo el cuchillo, tengo las marcas, tengo la sal. Solamente tendría que salir al patio de mi casa y hacerlo, terminarlo todo en un suspiro que invoque a la suerte de mis sucesores. Supongo que a usted no le costará encontrar a alguien más. Me encontró a mí con facilidad así que es el indicado para la tarea de los dioses entre los humanos. No hace falta que le explique nada, dispone de mis escritos y análisis para el próximo intento, que, espero, sea pronto. ¡L’rog’g dharg l’hy!

            A propósito, ocurrió algo curioso el día en que hicimos la última prueba, el día anterior a que llegara el Comité. Estábamos, como las veces anteriores, regulando las presiones de los cilindros neumáticos; calibrando los condensadores de átomos y preparando los fragmentos de istradina, las piedras provenientes de R’lyeh, que usted me entregó específicamente para el proceso de proyección. Era la hora pautada en que la constelación de L’homis se alinea con las coordenadas del sur del océano pacífico: latitud 49º 9’ S, longitud 126º 43’ O; nosotros activamos La Maquinaria y pronto los destellos verdes de las piedras llenaron todos los espacios de la habitación, podía verse en lo profundo de la base de recepción como comenzaban a formarse unas figuras extrañas parecidas a construcciones que jamás había observado en mi vida, tal vez se trataran de las geometrías no-euclidianas de la morada de nuestro señor, fue sorprendente. Ese día llegamos más allá que cualquier registro hecho. Con los aportes de mis anotaciones y experiencias creo que la posibilidad de fracaso de un próximo intento se reduce a casi cero. Creo que lo más difícil será volver a conseguir el encubrimiento de algún estado moderno para poder trabajar con tranquilidad.

            Al final decidí esperar. Tal vez tenga la oportunidad de participar en alguna nueva ceremonia, como un vasallo inferior, poco me importa. Antes de despedirme quiera contarle un sueño que tuve anoche. Apoyado sobre la hoja a medio escribir, el sueño me venció y desperté esta mañana con el rostro manchado y dolorido. En fin, mi sueño. Quizá le sirva, y no es que me considere importante, para el próximo intento.

            Me encontraba sentado en una silla de una madera muy negra y fría. Bajo mis pies se amontonaba un lago congelado, su agua era de color negruzco pero traslúcido. Podía moverme y automáticamente agucé la vista para observar el fondo de aquel lago. Centelleaba en un millón de luces caprichosas y distantes de un color verde poco más oscuro que el de las esmeraldas. Una vez me moví, las patas de la silla comenzaron a ser absorbidas por ese hielo viscoso que, segundos antes, era sólido. Más bien, el hielo, o líquido, subía por las patas de la silla, atrapándolo en un abrazo fraternal, tenía un leve brillo y entonces descubrí que no era ningún color que conozcamos, por momentos verdes agitados o un negro traslúcido. Aquel ser líquido, porque de un momento a otro percibí su ontofísica como un ser, del estilo más primario, de la sola posibilidad; aquel ser líquido me transmitía una inquietante sensación de paz, deposité mi confianza en el dentro de la embriaguez del sueño y me dejé chupar junto con la silla. Al instante mis manos sintieron nada más que arena y mi cuerpo estaba tan caliente como el pelaje de un gato en verano. Abrí los ojos para protegerlos del sabido exceso de luz y, antes de ver siquiera el paisaje, ante mí se desdibujaba una figura negra y rojiza, gotas de sangre del tamaño de un ropero caían de lo más alto de su cuerpo, miré hacia adelante y pude distinguir tres piernas, volví a mirar a lo alto y lo que había parecido una cabeza en primera instancia, ahora era nada más que una trompa, una lengua pérfida y siniestra embarrada en la sangre de mil cadáveres transformados en arena. Antes de poder gritar siquiera desperté.

            Usted quizás sabrá interpretarlo. No espero, sinceramente, una respuesta de su persona, pero sí que al menos lea la carta y mis disculpas. Señor Joseph Curwen, por los tiempos que ni la muerte puede matar le juro que estoy a su disposición. Lo recordaré con gusto.

            ¡Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn!

Ronald Richter

Viedma, Río Negro, Argentina

Un ronroneo

A continuación: un texto que, orgullosamente, fue finalista de un certamen de microrrelatos.

Parecía, por momentos, que se le iba a dividir la cola en dos. Como en aquella leyenda, pensé. Sobre el sillón, a mi lado, enroscado en un suspiro, el gato.

Esa cola era muy larga, como la culpa del desempleo. El café llenaba mi estómago frío, como la mirada de Neko.

Suspiré y sus ojos se abrieron, la cola electrificada y un bostezo. Me mira, un maullido tembloroso me llena de energía. Hay que continuar, y los dedos serpentean sobre el teclado, otra vez y hasta el próximo suspiro.

Tres puertas.

Tres puertas. Frente a Jorge, solo se alzaban tres puertas. Tres puertas que no se sabe bien de qué madera eran, pero eran de madera; tres puertas que no se sabe bien de qué tamaño eran, pero eran grandes; tres puertas que no se sabe bien de dónde habían salido, pero allí estaban, impertérritas, como soldados de plomo clavados al suelo de un campo de batalla abandonado.

 

Hacía media hora Jorge, estaba terminando sus últimos llamados de la jornada laboral, se había estado preparando para dormir, al menos, unas cinco horas antes de levantarse nuevamente. Su esposa lo esperaba ya soñando en aquella cama enorme que adornaba la habitación de su, también, enorme casa. Jorge era un hombre rico, político, de esos de menor calaña, de esos que no le importan demasiado al mundo, que son dispensables y reemplazables por uno mejor o peor, da igual, descartable al fin.

Una vez recostado en el reconfortante lecho del descanso y el fin de un día más, Jorge no pudo evitar dormirse, aún tras los somnolientos intentos de su esposa para que mantuvieran alguna fugaz relación carnal, él ya no se sentía atraído por ella, pero aún así sentía un desagradable impulso de costumbre que lo llevaba a no dejarla.

 

A ciencia cierta él no sabe por qué, ni cómo, ni en cuánto tiempo, ni en qué momento, fue a parar a esa habitación con tres puertas, pero extrañamente se siente intensamente despierto, no tiene su pijama, su cama no está, su mujer no está, lo único que lo rodea es una enorme pared adornada por tres enormes puertas.

Los pulsos electromagnéticos del sistema nervioso de Jorge es lo único que se escucha en la habitación. El silencio es tal que bien podría escucharse, con mucha concentración, un eco muy sutil de la imagen mental de sus razonamientos desaforados. Efectivamente no logra entender lo que esta sucediendo y sus pensamientos uno a uno chocan contra algún callejón sin salida, húmedo y estéril, de aquel laberinto lógico que representa la situación de nuestro protagonista. Todos los fuertes músculos de su cuerpo se crispan en estertores que ponen en evidencia el estrepitoso fracaso de sus pensamientos.

En el aire de la habitación, ante el fracaso de Jorge, comienza a cambiar la atmósfera. Lo que antes era un silencio espacial se transformó rápida y abruptamente en una zona de vibraciones continuas. Jorge no tardó en percibir que las vibraciones llegaban desde las puertas, tal vez del otro lado, incierto. No. Las vibraciones venían de las mismas puertas. ¿Las puertas tenían vida? A ciencia cierta no lo sabemos, ni nosotros, ni Jorge; pero hay algo que es un hecho, las puertas están intentando decirle algo.

Extrañamente lo que menos se pregunta Jorge es qué hay detrás de estas tres puertas, qué le espera del otro lado de cada una, o si, tal vez, todas llevan al mismo lugar. Un error considerable, probablemente, por parte de nuestro héroe.

 

En la cama de la habitación de Jorge, su esposa se revuelve en un sueño perturbador, gime y se contractura en espasmos de excitación y pánico. Un zumbido incesante altera el espacio de ese enorme cuarto. Aquel sonido proviene de algún lugar específico del lugar, de algún resquicio en las paredes, de algún espacio hueco en el que se aloja alguna entidad incierta, o, simplemente, de alguno de los objetos que vibra tan velozmente que el sonido producido se transformaba en un pitido casi inaudible.

 

Volviendo a la habitación de las tres puertas, algo extraño le ocurre a Jorge. Los razonamientos que inundan su mente, aquellas imágenes mentales que se manifiestan ante sus ojos internos producen un efecto tanto en nuestro protagonista como en el ambiente. No termina de quedar en claro, para Jorge, si aquellas imágenes pertenecen a su imaginación, es decir, para dentro de sí, o a la inefable realidad. Esto alberga una esperanza de sueño para él. Ante esta extraña naturaleza del pensamiento, Jorge, cree estar soñando, un segundo error que, tal vez, cambiará el curso de las cosas.

Pronto el aire se vuelve algo inquieto. Todos podemos sentirlo, a espaldas de Jorge algo se revuelve en la oscuridad, algo espera, algo medita y se mueve azarosamente en el espacio, sin leyes, sin restricciones. Esto se suma a las vibraciones de las puertas que, ahora si, lo invitan, lo tientan a Jorge para que tome una decisión. Para nosotros, que no estamos en su situación, es algo obvio, quizás, que algo está jugando con él, que algo lo está insertando en un juego macabro de lógica y elección, pero de una lógica y elección que escapa a las posibilidades de nuestro héroe, a pesar de que su vida cotidiana se base en la lógica y en la toma de decisiones.

Decir que Jorge es un político honesto es decir una falacia, si bien no es un tirano, usualmente sus decisiones lo afectan lo menos posible, o eso intenta él. Siempre quedando fuera de juego de las consecuencias de sus acciones había logrado escalar hasta donde está ahora. Muchos de sus ayudantes y camaradas han quedado en el camino a causa de esto. Probablemente ésta es la primera vez que Jorge se enfrenta a la necesidad única de tomar una decisión que lo involucra estrictamente.

A simple vista la elección puede ser muy simple, pero en el lugar de Jorge los instintos animales se despiertan y toda posible elección tiene un noventa por ciento de probabilidades de llevarlo a una muerte segura, nada en esa habitación es una opción saludable. No porque esté rodeado de peligros inminentes, sino porque, ante lo desconocido, el cuerpo se pone en situación de batalla y lo único importante es sobrevivir. Es así que esta situación lo inmoviliza primero a un nivel racional y luego a un nivel corporal, por la falta de costumbre que tenemos, los seres humanos, del uso de esta parte animal.

Ya pasó mucho tiempo y Jorge sigue sin moverse, sus músculos están agarrotados hace rato y probablemente, cuando intente moverse, va a caer al suelo inerte, pero por lo pronto sus piernas aún lo sostienen.

A su derecha, en el suelo y casi contra la pared, se enciende una vela de la nada, como por arte de magia. Toda esa zona que parecía estar en el vacío eterno queda iluminada por una simple vela de cera, amurada al suelo con su propia sustancia. Jorge no entiende este fenómeno, pero como si de un estímulo subliminal se tratara algo se enciende en su interior. Las vibraciones de las puertas se intensifican y ese movimiento a sus espaldas cobra tintes amenazantes. ¿Qué estará pensando Jorge?

De un momento a otro vemos que nuestro protagonista cierra los puños con firmeza e intenta dar un paso, acercarse a las puertas, ¿habrá tomado una decisión? Acto seguido un viento helado y potente que viene como una carcajada burlona de la parte a espaldas de Jorge, se estrella contra él y lo tira al piso. Ahora nos queda claro, Jorge intentó ir contra las reglas. Tal vez, seguir una corazonada, arrojarse al azar, es una forma de decisión, pero efectivamente no es una forma de decisión que sea aceptada en estas circunstancias. Jorge llora arrodillado en el piso, dolorido y con los músculos entumecidos. Él sabe que algo o alguien le está jugando una broma peligrosa y de mal gusto.

 

En el cuarto, la mujer de Jorge sigue durmiendo, su cuerpo está crispado por el miedo, pero podemos observar un leve movimiento de las piernas, un leve rozar, un leve frotar producto de la excitación. ¿Quién sabe lo que estará soñando?

En la mesita de luz el celular de su mujer comienza a vibrar. Es su marido, Jorge, que la llama repetidas veces. Ella está muy dormida como para escuchar la leve fricción del teléfono contra la madera.

 

En el otro lugar Jorge sigue sollozando y pronto, como por arte de magia, su celular comienza a vibrar en el bolsillo. Él no sabía que lo había traído a este lugar, ni siquiera sabía qué tenía puesto, ni cómo había llegado, pero al parecer su celular había ido con él. De forma algo atropellada lo saca del bolsillo, se lo acomoda en la mano intentando ver quién lo llama: NÚMERO DESCONOCIDO, reza la pantalla teconológica. Él nunca atendía llamadas de números que no tenía agendados por una razón de seguridad, su trabajo era algo comprometido, siempre codeándose con grupos de personas peligrosas, pero esta vez no dudó demasiado y atendió.

Un sonido que jamás había escuchado vino desde el otro lado de la línea. Una especie de zumbido cibernético llegó por el auricular del teléfono a su oído y le produjo unas intensas ganas de vomitar. Había escuchado en algún lado que se desarrollaban, en laboratorios científicos, sonidos de diferentes frecuencias que inducían a las personas a diferentes sensaciones, pero esto superaba las posibilidades de su raciocinio y de un momento a otro se sintió morir, hasta que el sonido se detuvo. Ante la inminente presencia del silencio telefónico lo único que escucha es una suave y entrecortada respiración, así que supone, acertadamente, que quien lo llamó es el responsable de todo lo que le está pasando. Un brote de ira suplió la sensación de náusea y muerte en menos de un segundo así que se preparó para proferir una catarata de insultos y amenazas que, obviamente, se ligaban a los contactos que él decía tener y las cosas que le podían hacer al responsable. Nadie contestó, pero no como un acto de rebeldía o desafío, sino más bien porque de la boca de Jorge no salió ni una sola palabra.

Cuando el interlocutor se dió cuenta que Jorge ya no podía decir nada comenzó a hablar y dijo: “La elección humana es imposible sin el conocimiento, y la elección adecuada sólo es posible allí donde el conocimiento es completo y está científicamente organizado. Eso es lo que nos diferencia de las bestias.”

Una risita nefasta y ahogada comenzó a escucharse, pero como si el interlocutor se avergonzara de ello calló y cortó la comunicación.

Jorge se quedó unos minutos confundido y mudo con el teléfono en la oreja. La frase era clara y le era algo conocida, la había leído en alguna parte, y de alguna manera confirmaba lo que debía hacer, pero aún no le quedaba claro por qué, ni cómo y mucho menos quién. Simplemente tenía que elegir, tomar una decisión, pero lo aterroriza la idea de equivocarse y está inexplicablemente seguro de que, de fallar, la muerte sería inminente. Mientras el frío húmedo del suelo de aquella habitación le atraviesa las rodillas, Jorge, piensa que, tal vez, le hubiese servido ser, en aquel momento, nada más que una bestia.

Homo Videoludens 2.0 en versión libre y gratuita

Aunque un mentidor ama la literatura a veces las ciencias desdoblan las artes y las vuelven trozos de ser más cercanos y aterradores. Disfruten.

Hipermediaciones

Esta historia comienza hace cinco años, cuando a principios del 2008 salió publicado L’Homo Videoludens. Videojocs, textualitat i narrativa interactiva dentro de la colección Media-TK de Eumo Editorial. El volumen presentaba trabajos de varios investigadores que se movían entre la ludología, la semiótica y la narratología aplicada a los videojuegos. Los autores provenían de varios países y ese espíritu internacional se reflejaba en sus páginas: el libro contenía capítulos en catalán, castellano e inglés. Si bien ya se habían editado libros sobre videojuegos (sobre todo de carácter histórico), en su momento este volumen fue una de las primeras contribuciones de gran calado teórico producidas en España sobre los videojuegos.

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Cuarteto y sueño.

Nunca hizo falta, digo, poner un aviso en el diario La Voz. Yo estaba ahí. Ahí, ahí no, porque estaba volando pero estaba ahí. La mesita redondeada estaba vacía o casi vacía. Cómo se tambaleaba. Se tambaleaba mucho. Solamente la ocupaba un mantel azul con florcitas o cositas, que no recuerdo, y un cenicero lleno de colillas y una taza. Pero estaba vacía, vacía porque no tenía nada importante. ¿Qué digo importante? No tenía nada o tenía nada. En fin. todas esas cosas podrían haber estado en el piso o en otro lado por lo tanto no era importante. No en ese momento.

En ese momento escribía y tenía el corazón atiborrado en canciones de Rodrigo, pequeño, en una cajita de fósforos chiquita de las de cincuenta centavos; en la mano, cerrada la mano derecha, lista, atenta, húmeda, temblorosa.

Me miré la mano. Quería escribir en la computadora, usar el teclado. Se complicaba. Mierda. Pensé en dejarla a un lado 一la cajita一, sobre la mesa vacía, arriba del mantel. Se me erizó el pelo de la nuca. No pude. ¿Qué pasaba? Necesitaba mi mano para escribir, no podía usar una sola, de hecho no podía usar una sola para muchas cosas. Muchas. Me dije: “…” No recuerdo que me dije, todo estaba en silencio. Un silencio sepulcral. No escuchaba ni ese zumbido familiar en los oídos que se escucha cuando está todo callado, sordo, mudo, tierno como un tapón de algodón; ese zumbido que es la sangre circulando por las venas internas de los oídos. Ni eso escuchaba. Abrí grande los ojos. Entendí. Acerqué la cajita a mi oído. Me relajé. No estaba sordo.

Un fino latido melódico. Era eso lo que se escuchaba y no la sangre circulando por mi cuerpo. No. Un fino latido melódico, feliz, danzante, daban ganas de bailar. Bailar una polka o un cuarteto. Así, levantando las rodillas muy alto, muy contento, girando y mirando el cielo y girando sobre mi esperando caerme.

Entonces ante tanta felicidad miré otra vez la cajita. Si. Ahí estaba mi corazoncito. Listo. No había nada que escribir. No podía. No, claro que no podía. Y bueno, otra vez será. Podía aprovechar e ir a dormir.

Con la cajita en la mano derecha y la izquierda tan tosca puse la taza en la bacha, tiré las colillas que cayeron como nieve tóxica, dulce, esparciendo ese olor rancio; miré el mantel que se apagó cuando presioné la perilla de la luz, en realidad todo se apagó.

Acerqué la cajita al pecho para no chocarla contra nada en mi paseo del living al baño. Sentía un leve calorcito húmedo. Luz del baño. Me cepillé los dientes delicadamente mirando por el espejo que la cajita no quisiera irse de mi mano, que siguiera caliente contra mi pecho, después de todo guardaba algo muy importante ahí dentro. Fuera luz del baño, no sin antes mirarme al espejo. Mejor dejarlo ahí. Fuera luz del baño.

Entré en la cama dos plazas contra la pared. Estaba fresco. Me había costado bastante ponerme el pijama solo con la mano izquierda pero algo me decía que no podía soltar la cajita.

Ahí estaba ella. Caliente, dormida, palpitante, ¿Respiraba? Sí, claro que respiraba. Le hice cucharita, la abracé con la mano derecha cerrada sobre el pecho de ella. Curiosamente la cajita estaba más caliente, más húmeda. Rocé mis pies contra los de ella. “Mmmm”. Me gustaba eso. No es por nada pero era uno de mis momentos preferidos del día. Rozar mis pies contra los de ella, rasposos, fríos en las plantas, tibios en el empeine. Era como pisar la arena de una playa. Me calmaba. Lo supe.

Me dormí a los cinco minutos. Mirando hacia la pared. Sentir el frescor de la pared me mantenía templado. Cola con cola y rozando sus piecitos, las manos palma con palma bajo la almohada. Fue reconfortante. Dormí. Sin miedo. Y mi corazón, atiborrado en canciones de Rodrigo, pequeño y en una cajita de fósforos chiquita de las de cincuenta centavos; en el bolsillo de su pijama listo, atento, húmedo, tembloroso, ella lo cuidaba.

Sobre la solidaridad sexual.

Era increíble como la aglomeración de gente puede desarrollar en alguien tan pacífico un escalofriante instinto asesino. Los sonidos de los celulares, el silbido del Samsung, el timbrecito del Blackberry, las llamadas, los bostezos, las lagañas, el olor a chivo, el apelotonamiento de gente, esas compresas de yogurt que se te aplastan en la nariz al momento de inspirar, la gente durmiendo, las posiciones contracturadas de los pasajeros, el vaivén del colectivo, el chofer que sigue subiendo gente, el “un paso más para atrás por favor”, la señora gorda que te restriega su tierno y rollizo cuerpo contra las costillas, la gente que te mira, los resoplidos, la variada música en los auriculares demasiado altos, el desprecio, la integridad, lo normal, el pitido del marcador de la tarjeta al pagar el pasaje, el timbre, gente que sube, gente que baja, los pisotones, la suciedad, el piso húmedo, las luces azules de un chofer un tanto “chic”, las guirnaldas peludas que cuelgan en la zona del conductor, los peluches, los banderines, lo normal, lo cotidiano, el trabajo, el hastío, la desesperación, la competencia, los jóvenes, los viejos, los adultos, los niños que lloran, las viejas que parlotean a favor del gobierno de turno, las que parlotean en contra, los pro-nazis, los progresistas, el estado de las calles, las zanjas, el tráfico, la publicidad.

Me conformo pensando que no soy el único que lo siente. Que no soy el único que lo sufre. Pero el único que lo piensa, que lo razona, que no lo normaliza. Me tranquiliza pensar que soy el único que tiene un .32 en el bolso, que si lo sacara podría tener el colectivo para mi solo. Que todos retrocederían ante el frío cañón y las cálidas balas. Que ante el miedo a morir se bajarían espantados. Que nadie se atrevería a enfrentarme y pobre de aquel que lo intentara.

Mentira. No lo tenía.

En ese colectivo de la línea 37 las caras de los pasajeros delataban sus pensamientos. A mi derecha Bonny and Clyde, a mi izquierda Mason, hasta había un Petiso Orejudo.

Cuando por fin pude sentarme ya no tenía esa perspectiva divina de las tetas de esa chica rubia y de anteojos. La había estado mirando y ella a mi, parecía importarle poco que su novio pelado se percatara y a mi mucho menos. Ella sabía lo que yo pensaba, me deseaba, sus ojos lo dejaban bien claro. Miradas furtivas con un destello de placer. Simple voyeurismo, simple sadismo, después de todo, en su casa, en la calle, en la cama, en la cocina ella se la seguiría chupando a él. Ella seguiría comprando ese combo. No sé hasta qué punto él era una mejor oferta que yo. Era difícil de determinar. Como cuando decidimos entre Pepsi o Coca-Cola; o McDonald’s y Burguer King; o Adidas y Nike. Si bien la publicidad es un impulso al consumo no necesariamente define las decisiones del consumidor. Especialmente entre productos tan parecidos. Y con esto no quiero decir que el pelado y yo fuéramos parecidos, que de hecho no lo éramos, pero yo podría tener cualidades que el no y viceversa, aunque lo dudo 一como el mercado lo admite yo debía sentirme el mejor producto en venta一. En fin, la cotidiana contienda entre lo que uno no se arriesga a consumir por elegir la marca predilecta o la de siempre, la de la rutina; el miedo a probar algo distinto se inicia cuando se establece un mercado de valores racionalizado. Cuando se priorizan diferentes valores o identidades de consumo.

Y allí estaba yo, sentado, comparándome como en una falsa publicidad de los sesenta contra el pelado. Ambos parados sobre una tarima ofreciéndonos a las garras de la rubia. El sexo o el placer sexual era un bien de mercado. Una mercancía compleja, inscripta en un sistema de valores instaurado desde las pujas por la liberación sexual. Liberación que gracias al perfecto funcionamiento y adaptación de nuestro sistema se volvió liberalismo, una pata más, de hecho, del liberalismo económico. Ya lo había dicho Michel Houellebec:

“Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto.” En Ampliación del campo de batalla.

Él parecía uno de esos tipos que no salta en defensa de su amante por cualquier estupidez y no lo culpo, yo tampoco lo haría.

En fin, pude sentarme y quería dormir el resto del viaje pero no pude. Me percate de que una señora gorda con vestido ancho floreado y collar de perlas falsas me miraba con asco. Le sonreí. Miró para otro lado y yo hice lo mismo. Probablemente se había percatado de mi intercambio de miradas con la chica y eso le disgustaba.

“…fenómenos de empobrecimiento absoluto.”

La muchacha rubia parecía una “niña bien” con su novio pelado, esbelto, sonrisa de amplios dientes, mirada dulce y cara de buenos amigos. Distinto de mí: un hombre desprolijo, pelo dejado, ropa dejada, barba dejada, mirada de pocos amigos y sonrisas forzadas. Y estaba bien. Éste mundo no me gustaba en absoluto. No me haría problema por una vieja moralmente sensible.

Probablemente no fueran castos (con esas tetas lo dudo). Pero parecían felices. Parecían.

Habían estado hablando de sus futuros hijos, que saldrían pelados según ella. Pobres niños. Tantos hombres y mujeres sufriendo los efectos de la calvicie y ella se regocijaba en el obligado rapado de su novio. ¿Es que no le importaba lo que pudiera pensar él?

Se dispusieron a bajar. Ella se paró y vaya sorpresa: tenía unas hermosas piernas también y terminaban en dos voluptuosas nalgas. No suelo declararme como un baboso y mucho menos como un machista. Simplemente me gusta apreciar la belleza del cuerpo humano. En silencio. Sin ofender a nadie. Seguramente fuera presa de los teje y maneje de las operaciones aprendidas e implícitas que se mueven en el fuero interno de las personas que nacieron en esta sociedad patriarcal. Al igual que esa chica, que la vieja, que su novio, que el chofer. Todos. Pero intentaba controlarlas con poco éxito. A pesar de mis deseos no me diferenciaba de nadie.

Cuando bajaron volví la mirada a la señora gorda. Me observaba. Su grotesco rostro vacío de arrugas por el estiramiento surgido, no de cirugías estéticas, sino por el efecto gravitatorio proporcionado por una enorme papada y estirados lóbulos, me ofrecía una mirada de reprenda. Meneaba la cabeza como diciendo: “que mal, que mal” y yo, aún a unos cuatro metros de distancia, casi que podía escuchar el movimiento de esos colgajos. Me estremecí y harto de la situación le dediqué un gesto obsceno. Puse mis dedos en “v” delante de mi boca y pasé mi lengua por entre medio. Y cuando yo pensé que eso era imposible su rostro se arrugó ante el desprecio. Yo reí.

“…sistema de diferenciación…”

Pude ver un brillo en el fondo de sus ojos antes de que volteara el rostro hacia la ventana. Solté una carcajada seca y corta. Un “¡Ja!” que resumía todos mis pensamientos y mi oscuro descubrimiento. Rápidamente me miró colorada como el interior de una sandía y me disparó una mirada enfurecida. Volvió a mirar la ventana y se concentró en el tráfico que se apelotonaba en la avenida. Autos, colectivos, combis intentando llegar a ningún lugar. Yo hice lo mismo.

Alguna vez había oído hablar de transposiciones de géneros como una idea para explicar el fenómeno del paso de un mismo mensaje de un género a otro. Era curioso verlo a una categoría un tanto biológica. Es decir los autos ahí afuera llevaban tanto o mayor información que un espermatozoide y allí estaban luchando por llegar al “óvulo” tan deseado casi por una inercia ridículamente divina o primigenia.

Así que a la vieja le quedaba algo de esa juvenil energía. Ella hubiera querido, en lo más profundo de sus deseos, que aquel gesto fuera real. Pero se sentía culpable, la avergonzaba aquella realidad. Y a mi me avergonzaban dos cosas. Por una lado 一y con un sentimiento ambiguo entre vergüenza y convicción一 la idea de que yo le habría dado el gusto. El gusto de cumplir esa fantasía que por un segundo resbaló por su consciencia. Y por otro lado la impotencia ante una situación humano-política. La imposibilidad de satisfacer a un par. Y hablo de la solidaridad sexual. ¿Por qué no estaba bien visto entregarle a alguien una cuota de placer de la misma forma que se puede dar pan, trabajo, dinero o un vaso de agua?

Ambas inquietudes estaban relacionadas, la primera era consecuente con la segunda. La vergüenza propia era producto de un orden impuesto, un sistema implícito y aprehendido de razonamientos y categorías que se fundan en un estereotipo de sujeto productivo en el que se incluye un estereotipo de belleza 一al menos desde mi perspectiva一 que dejaba a la pobre vieja imposibilitada productivamente, inerte, inútil, tanto en un sistema de producción como de un sistema de sexo. Eso casi que festeja mi inquietud segunda. Que era una vergüenza ajena, mantenida sobre el resto de mis congéneres humanos. Casi como un reproche que se articulaba con la idea de la ampliación del campo de batalla. La respuesta estaba ahí.

Durante el resto del viaje no nos volvimos a mirar.

Cuando terminó el recorrido ambos bajamos y allí estaba, mientras yo me encendía un cigarrillo, esperando para cruzar. Me paré a su lado. Me miraba nuevamente. Di una larga pitada al cigarrillo y expulsando el humo la miré. Era lo más sexy que podía ser. Fue muy dificultoso.

No esperaba más que un sobresalto, un rostro sonrojado y arrugado como muestra de sensaciones encontradas y a lo sumo un insulto por lo bajo. Y así fue. Miró el semáforo que estaba cambiando y comenzó a cruzar. Estaba aburrido y no pensaba en detenerme en eso. Cruzamos juntos e intenté mantener el paso a su ritmo. La avenida era ancha, nos quedaba una larga distancia que recorrer. Si ella aceleraba yo aceleraba, si aminoraba el paso yo también lo hacía. Intentaba imitar el movimiento de sus piernas de chanchito; y al mismo tiempo yo miraba a los demás transeúntes, los miraba uno por uno como si fueran productos, ganado de una subasta mundial, universal, que mantiene códigos de perversión y gusto que se mundializan, universalizan, especialmente con la aparición de internet, la democratización de la pornografía y la categorización por género, perfectamente mediático 一casi como la grilla de un cine一 de las perversiones y gustos: pechos peludos, pechos depilados; senos grandes, senos pequeños, gordos, flacos; con barba, sin barba, rubias o rubios, morochos, morochas, colorados, coloradas; manos grandes, penes enormes, penes pequeños, arrugados; vaginas de labios grandes, vaginas de labios contraídos y podría seguir, y sigo: “teens”, “milfs”, sado, cuero, latex, sogas; travestis con mujeres, travestis con hombres, travestis con travestis; hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, mujeres con mujeres y hombres; bailarinas, gimnastas, yoga…

Por fin llegamos a la otra vereda y sin mirarnos siquiera nos dirigimos en direcciones diferentes. Le dediqué una silenciosa disculpa por ser la víctima de mi aburrimiento y apagué el cigarrillo, ser vieja seguro le bastaba para el resto de su vida y a mi me esperaba lo mismo. Estábamos condenados.