Carta encontrada en los anales del correo argentino. Ritcher a Curwen.

Querido J. Curwen:

            Espero, tenga tiempo de leer el informe que publicó el comité investigador que visitó la Isla el pasado mes. Estoy devastado. No por el informe, sino por mi falta a la finalidad de nuestra misión. Hace más de una semana que paso los días sentado frente a la ventana de mi casa. Hago memoria, entre tazas de té con coñac, de aquel día en que llegó a la puerta de mi habitación en la Universidad Alemana de Praga. Por ese entonces, si mal no recuerdo, yo acababa de presentar mi proyecto de tesis sobre la posibilidad de captación de Rayos Delta. Recuerdo que cuando abrí la puerta de mi cuarto usted sostenía, sonriente, una copia de aquel informe frente a mi cara y me repetía, una y otra vez, que era un genio, mientras dos semanas después se descartaba mi proyecto por considerarse “pseudocientífico”. Pero gracias a usted y su amistad con el General en Argentina, pude viajar y ser bien recibido aquí, en este hermoso país al que tanto le debo. Es imposible no recordar aquel momento en el que el General pronunció aquellas palabras que me llenaron de orgullo el corazón: Él es mi único representante en la isla Huemul, donde ejercerá por delegación mi misma autoridad.

            Recuerdo mi llegada aquí, mis reuniones con los comités asesores, con el General; nuestras noches de bebida y charlas, sobre tiempos antiguos y nuestros señores libres del tiempo y el espacio, ¡Cthulhu fhtagn! A veces pienso en lo hermoso que hubiese sido poder llegar a nuestro cometido, y tengo que pedirle disculpas por no haber cumplido, otra vez. Era el momento perfecto, el caldo de cultivo emocional del pueblo estaba listo para los preparativos que estábamos llevando a cabo, las condiciones exteriores eran las adecuadas, el poder de La Maquinaria estaba casi al nivel necesario para el objetivo pactado, los sacrificios estaban preparados y el calendario astronómico estaba listo gracias a nuestro departamento de astronomía. Todo estaba en su lugar y de pronto, como un castillo de cartas enfermo, todo se desplomó. Y nuevamente me arrebataron el éxito de las manos.

            Sé que sonará estúpido y melodramático, pero estoy meditando la posibilidad de quitarme la vida, se aproxima una noche de luna llena, tengo el cuchillo, tengo las marcas, tengo la sal. Solamente tendría que salir al patio de mi casa y hacerlo, terminarlo todo en un suspiro que invoque a la suerte de mis sucesores. Supongo que a usted no le costará encontrar a alguien más. Me encontró a mí con facilidad así que es el indicado para la tarea de los dioses entre los humanos. No hace falta que le explique nada, dispone de mis escritos y análisis para el próximo intento, que, espero, sea pronto. ¡L’rog’g dharg l’hy!

            A propósito, ocurrió algo curioso el día en que hicimos la última prueba, el día anterior a que llegara el Comité. Estábamos, como las veces anteriores, regulando las presiones de los cilindros neumáticos; calibrando los condensadores de átomos y preparando los fragmentos de istradina, las piedras provenientes de R’lyeh, que usted me entregó específicamente para el proceso de proyección. Era la hora pautada en que la constelación de L’homis se alinea con las coordenadas del sur del océano pacífico: latitud 49º 9’ S, longitud 126º 43’ O; nosotros activamos La Maquinaria y pronto los destellos verdes de las piedras llenaron todos los espacios de la habitación, podía verse en lo profundo de la base de recepción como comenzaban a formarse unas figuras extrañas parecidas a construcciones que jamás había observado en mi vida, tal vez se trataran de las geometrías no-euclidianas de la morada de nuestro señor, fue sorprendente. Ese día llegamos más allá que cualquier registro hecho. Con los aportes de mis anotaciones y experiencias creo que la posibilidad de fracaso de un próximo intento se reduce a casi cero. Creo que lo más difícil será volver a conseguir el encubrimiento de algún estado moderno para poder trabajar con tranquilidad.

            Al final decidí esperar. Tal vez tenga la oportunidad de participar en alguna nueva ceremonia, como un vasallo inferior, poco me importa. Antes de despedirme quiera contarle un sueño que tuve anoche. Apoyado sobre la hoja a medio escribir, el sueño me venció y desperté esta mañana con el rostro manchado y dolorido. En fin, mi sueño. Quizá le sirva, y no es que me considere importante, para el próximo intento.

            Me encontraba sentado en una silla de una madera muy negra y fría. Bajo mis pies se amontonaba un lago congelado, su agua era de color negruzco pero traslúcido. Podía moverme y automáticamente agucé la vista para observar el fondo de aquel lago. Centelleaba en un millón de luces caprichosas y distantes de un color verde poco más oscuro que el de las esmeraldas. Una vez me moví, las patas de la silla comenzaron a ser absorbidas por ese hielo viscoso que, segundos antes, era sólido. Más bien, el hielo, o líquido, subía por las patas de la silla, atrapándolo en un abrazo fraternal, tenía un leve brillo y entonces descubrí que no era ningún color que conozcamos, por momentos verdes agitados o un negro traslúcido. Aquel ser líquido, porque de un momento a otro percibí su ontofísica como un ser, del estilo más primario, de la sola posibilidad; aquel ser líquido me transmitía una inquietante sensación de paz, deposité mi confianza en el dentro de la embriaguez del sueño y me dejé chupar junto con la silla. Al instante mis manos sintieron nada más que arena y mi cuerpo estaba tan caliente como el pelaje de un gato en verano. Abrí los ojos para protegerlos del sabido exceso de luz y, antes de ver siquiera el paisaje, ante mí se desdibujaba una figura negra y rojiza, gotas de sangre del tamaño de un ropero caían de lo más alto de su cuerpo, miré hacia adelante y pude distinguir tres piernas, volví a mirar a lo alto y lo que había parecido una cabeza en primera instancia, ahora era nada más que una trompa, una lengua pérfida y siniestra embarrada en la sangre de mil cadáveres transformados en arena. Antes de poder gritar siquiera desperté.

            Usted quizás sabrá interpretarlo. No espero, sinceramente, una respuesta de su persona, pero sí que al menos lea la carta y mis disculpas. Señor Joseph Curwen, por los tiempos que ni la muerte puede matar le juro que estoy a su disposición. Lo recordaré con gusto.

            ¡Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn!

Ronald Richter

Viedma, Río Negro, Argentina

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