Tres puertas.

Tres puertas. Frente a Jorge, solo se alzaban tres puertas. Tres puertas que no se sabe bien de qué madera eran, pero eran de madera; tres puertas que no se sabe bien de qué tamaño eran, pero eran grandes; tres puertas que no se sabe bien de dónde habían salido, pero allí estaban, impertérritas, como soldados de plomo clavados al suelo de un campo de batalla abandonado.

 

Hacía media hora Jorge, estaba terminando sus últimos llamados de la jornada laboral, se había estado preparando para dormir, al menos, unas cinco horas antes de levantarse nuevamente. Su esposa lo esperaba ya soñando en aquella cama enorme que adornaba la habitación de su, también, enorme casa. Jorge era un hombre rico, político, de esos de menor calaña, de esos que no le importan demasiado al mundo, que son dispensables y reemplazables por uno mejor o peor, da igual, descartable al fin.

Una vez recostado en el reconfortante lecho del descanso y el fin de un día más, Jorge no pudo evitar dormirse, aún tras los somnolientos intentos de su esposa para que mantuvieran alguna fugaz relación carnal, él ya no se sentía atraído por ella, pero aún así sentía un desagradable impulso de costumbre que lo llevaba a no dejarla.

 

A ciencia cierta él no sabe por qué, ni cómo, ni en cuánto tiempo, ni en qué momento, fue a parar a esa habitación con tres puertas, pero extrañamente se siente intensamente despierto, no tiene su pijama, su cama no está, su mujer no está, lo único que lo rodea es una enorme pared adornada por tres enormes puertas.

Los pulsos electromagnéticos del sistema nervioso de Jorge es lo único que se escucha en la habitación. El silencio es tal que bien podría escucharse, con mucha concentración, un eco muy sutil de la imagen mental de sus razonamientos desaforados. Efectivamente no logra entender lo que esta sucediendo y sus pensamientos uno a uno chocan contra algún callejón sin salida, húmedo y estéril, de aquel laberinto lógico que representa la situación de nuestro protagonista. Todos los fuertes músculos de su cuerpo se crispan en estertores que ponen en evidencia el estrepitoso fracaso de sus pensamientos.

En el aire de la habitación, ante el fracaso de Jorge, comienza a cambiar la atmósfera. Lo que antes era un silencio espacial se transformó rápida y abruptamente en una zona de vibraciones continuas. Jorge no tardó en percibir que las vibraciones llegaban desde las puertas, tal vez del otro lado, incierto. No. Las vibraciones venían de las mismas puertas. ¿Las puertas tenían vida? A ciencia cierta no lo sabemos, ni nosotros, ni Jorge; pero hay algo que es un hecho, las puertas están intentando decirle algo.

Extrañamente lo que menos se pregunta Jorge es qué hay detrás de estas tres puertas, qué le espera del otro lado de cada una, o si, tal vez, todas llevan al mismo lugar. Un error considerable, probablemente, por parte de nuestro héroe.

 

En la cama de la habitación de Jorge, su esposa se revuelve en un sueño perturbador, gime y se contractura en espasmos de excitación y pánico. Un zumbido incesante altera el espacio de ese enorme cuarto. Aquel sonido proviene de algún lugar específico del lugar, de algún resquicio en las paredes, de algún espacio hueco en el que se aloja alguna entidad incierta, o, simplemente, de alguno de los objetos que vibra tan velozmente que el sonido producido se transformaba en un pitido casi inaudible.

 

Volviendo a la habitación de las tres puertas, algo extraño le ocurre a Jorge. Los razonamientos que inundan su mente, aquellas imágenes mentales que se manifiestan ante sus ojos internos producen un efecto tanto en nuestro protagonista como en el ambiente. No termina de quedar en claro, para Jorge, si aquellas imágenes pertenecen a su imaginación, es decir, para dentro de sí, o a la inefable realidad. Esto alberga una esperanza de sueño para él. Ante esta extraña naturaleza del pensamiento, Jorge, cree estar soñando, un segundo error que, tal vez, cambiará el curso de las cosas.

Pronto el aire se vuelve algo inquieto. Todos podemos sentirlo, a espaldas de Jorge algo se revuelve en la oscuridad, algo espera, algo medita y se mueve azarosamente en el espacio, sin leyes, sin restricciones. Esto se suma a las vibraciones de las puertas que, ahora si, lo invitan, lo tientan a Jorge para que tome una decisión. Para nosotros, que no estamos en su situación, es algo obvio, quizás, que algo está jugando con él, que algo lo está insertando en un juego macabro de lógica y elección, pero de una lógica y elección que escapa a las posibilidades de nuestro héroe, a pesar de que su vida cotidiana se base en la lógica y en la toma de decisiones.

Decir que Jorge es un político honesto es decir una falacia, si bien no es un tirano, usualmente sus decisiones lo afectan lo menos posible, o eso intenta él. Siempre quedando fuera de juego de las consecuencias de sus acciones había logrado escalar hasta donde está ahora. Muchos de sus ayudantes y camaradas han quedado en el camino a causa de esto. Probablemente ésta es la primera vez que Jorge se enfrenta a la necesidad única de tomar una decisión que lo involucra estrictamente.

A simple vista la elección puede ser muy simple, pero en el lugar de Jorge los instintos animales se despiertan y toda posible elección tiene un noventa por ciento de probabilidades de llevarlo a una muerte segura, nada en esa habitación es una opción saludable. No porque esté rodeado de peligros inminentes, sino porque, ante lo desconocido, el cuerpo se pone en situación de batalla y lo único importante es sobrevivir. Es así que esta situación lo inmoviliza primero a un nivel racional y luego a un nivel corporal, por la falta de costumbre que tenemos, los seres humanos, del uso de esta parte animal.

Ya pasó mucho tiempo y Jorge sigue sin moverse, sus músculos están agarrotados hace rato y probablemente, cuando intente moverse, va a caer al suelo inerte, pero por lo pronto sus piernas aún lo sostienen.

A su derecha, en el suelo y casi contra la pared, se enciende una vela de la nada, como por arte de magia. Toda esa zona que parecía estar en el vacío eterno queda iluminada por una simple vela de cera, amurada al suelo con su propia sustancia. Jorge no entiende este fenómeno, pero como si de un estímulo subliminal se tratara algo se enciende en su interior. Las vibraciones de las puertas se intensifican y ese movimiento a sus espaldas cobra tintes amenazantes. ¿Qué estará pensando Jorge?

De un momento a otro vemos que nuestro protagonista cierra los puños con firmeza e intenta dar un paso, acercarse a las puertas, ¿habrá tomado una decisión? Acto seguido un viento helado y potente que viene como una carcajada burlona de la parte a espaldas de Jorge, se estrella contra él y lo tira al piso. Ahora nos queda claro, Jorge intentó ir contra las reglas. Tal vez, seguir una corazonada, arrojarse al azar, es una forma de decisión, pero efectivamente no es una forma de decisión que sea aceptada en estas circunstancias. Jorge llora arrodillado en el piso, dolorido y con los músculos entumecidos. Él sabe que algo o alguien le está jugando una broma peligrosa y de mal gusto.

 

En el cuarto, la mujer de Jorge sigue durmiendo, su cuerpo está crispado por el miedo, pero podemos observar un leve movimiento de las piernas, un leve rozar, un leve frotar producto de la excitación. ¿Quién sabe lo que estará soñando?

En la mesita de luz el celular de su mujer comienza a vibrar. Es su marido, Jorge, que la llama repetidas veces. Ella está muy dormida como para escuchar la leve fricción del teléfono contra la madera.

 

En el otro lugar Jorge sigue sollozando y pronto, como por arte de magia, su celular comienza a vibrar en el bolsillo. Él no sabía que lo había traído a este lugar, ni siquiera sabía qué tenía puesto, ni cómo había llegado, pero al parecer su celular había ido con él. De forma algo atropellada lo saca del bolsillo, se lo acomoda en la mano intentando ver quién lo llama: NÚMERO DESCONOCIDO, reza la pantalla teconológica. Él nunca atendía llamadas de números que no tenía agendados por una razón de seguridad, su trabajo era algo comprometido, siempre codeándose con grupos de personas peligrosas, pero esta vez no dudó demasiado y atendió.

Un sonido que jamás había escuchado vino desde el otro lado de la línea. Una especie de zumbido cibernético llegó por el auricular del teléfono a su oído y le produjo unas intensas ganas de vomitar. Había escuchado en algún lado que se desarrollaban, en laboratorios científicos, sonidos de diferentes frecuencias que inducían a las personas a diferentes sensaciones, pero esto superaba las posibilidades de su raciocinio y de un momento a otro se sintió morir, hasta que el sonido se detuvo. Ante la inminente presencia del silencio telefónico lo único que escucha es una suave y entrecortada respiración, así que supone, acertadamente, que quien lo llamó es el responsable de todo lo que le está pasando. Un brote de ira suplió la sensación de náusea y muerte en menos de un segundo así que se preparó para proferir una catarata de insultos y amenazas que, obviamente, se ligaban a los contactos que él decía tener y las cosas que le podían hacer al responsable. Nadie contestó, pero no como un acto de rebeldía o desafío, sino más bien porque de la boca de Jorge no salió ni una sola palabra.

Cuando el interlocutor se dió cuenta que Jorge ya no podía decir nada comenzó a hablar y dijo: “La elección humana es imposible sin el conocimiento, y la elección adecuada sólo es posible allí donde el conocimiento es completo y está científicamente organizado. Eso es lo que nos diferencia de las bestias.”

Una risita nefasta y ahogada comenzó a escucharse, pero como si el interlocutor se avergonzara de ello calló y cortó la comunicación.

Jorge se quedó unos minutos confundido y mudo con el teléfono en la oreja. La frase era clara y le era algo conocida, la había leído en alguna parte, y de alguna manera confirmaba lo que debía hacer, pero aún no le quedaba claro por qué, ni cómo y mucho menos quién. Simplemente tenía que elegir, tomar una decisión, pero lo aterroriza la idea de equivocarse y está inexplicablemente seguro de que, de fallar, la muerte sería inminente. Mientras el frío húmedo del suelo de aquella habitación le atraviesa las rodillas, Jorge, piensa que, tal vez, le hubiese servido ser, en aquel momento, nada más que una bestia.

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