Cuarteto y sueño.

Nunca hizo falta, digo, poner un aviso en el diario La Voz. Yo estaba ahí. Ahí, ahí no, porque estaba volando pero estaba ahí. La mesita redondeada estaba vacía o casi vacía. Cómo se tambaleaba. Se tambaleaba mucho. Solamente la ocupaba un mantel azul con florcitas o cositas, que no recuerdo, y un cenicero lleno de colillas y una taza. Pero estaba vacía, vacía porque no tenía nada importante. ¿Qué digo importante? No tenía nada o tenía nada. En fin. todas esas cosas podrían haber estado en el piso o en otro lado por lo tanto no era importante. No en ese momento.

En ese momento escribía y tenía el corazón atiborrado en canciones de Rodrigo, pequeño, en una cajita de fósforos chiquita de las de cincuenta centavos; en la mano, cerrada la mano derecha, lista, atenta, húmeda, temblorosa.

Me miré la mano. Quería escribir en la computadora, usar el teclado. Se complicaba. Mierda. Pensé en dejarla a un lado 一la cajita一, sobre la mesa vacía, arriba del mantel. Se me erizó el pelo de la nuca. No pude. ¿Qué pasaba? Necesitaba mi mano para escribir, no podía usar una sola, de hecho no podía usar una sola para muchas cosas. Muchas. Me dije: “…” No recuerdo que me dije, todo estaba en silencio. Un silencio sepulcral. No escuchaba ni ese zumbido familiar en los oídos que se escucha cuando está todo callado, sordo, mudo, tierno como un tapón de algodón; ese zumbido que es la sangre circulando por las venas internas de los oídos. Ni eso escuchaba. Abrí grande los ojos. Entendí. Acerqué la cajita a mi oído. Me relajé. No estaba sordo.

Un fino latido melódico. Era eso lo que se escuchaba y no la sangre circulando por mi cuerpo. No. Un fino latido melódico, feliz, danzante, daban ganas de bailar. Bailar una polka o un cuarteto. Así, levantando las rodillas muy alto, muy contento, girando y mirando el cielo y girando sobre mi esperando caerme.

Entonces ante tanta felicidad miré otra vez la cajita. Si. Ahí estaba mi corazoncito. Listo. No había nada que escribir. No podía. No, claro que no podía. Y bueno, otra vez será. Podía aprovechar e ir a dormir.

Con la cajita en la mano derecha y la izquierda tan tosca puse la taza en la bacha, tiré las colillas que cayeron como nieve tóxica, dulce, esparciendo ese olor rancio; miré el mantel que se apagó cuando presioné la perilla de la luz, en realidad todo se apagó.

Acerqué la cajita al pecho para no chocarla contra nada en mi paseo del living al baño. Sentía un leve calorcito húmedo. Luz del baño. Me cepillé los dientes delicadamente mirando por el espejo que la cajita no quisiera irse de mi mano, que siguiera caliente contra mi pecho, después de todo guardaba algo muy importante ahí dentro. Fuera luz del baño, no sin antes mirarme al espejo. Mejor dejarlo ahí. Fuera luz del baño.

Entré en la cama dos plazas contra la pared. Estaba fresco. Me había costado bastante ponerme el pijama solo con la mano izquierda pero algo me decía que no podía soltar la cajita.

Ahí estaba ella. Caliente, dormida, palpitante, ¿Respiraba? Sí, claro que respiraba. Le hice cucharita, la abracé con la mano derecha cerrada sobre el pecho de ella. Curiosamente la cajita estaba más caliente, más húmeda. Rocé mis pies contra los de ella. “Mmmm”. Me gustaba eso. No es por nada pero era uno de mis momentos preferidos del día. Rozar mis pies contra los de ella, rasposos, fríos en las plantas, tibios en el empeine. Era como pisar la arena de una playa. Me calmaba. Lo supe.

Me dormí a los cinco minutos. Mirando hacia la pared. Sentir el frescor de la pared me mantenía templado. Cola con cola y rozando sus piecitos, las manos palma con palma bajo la almohada. Fue reconfortante. Dormí. Sin miedo. Y mi corazón, atiborrado en canciones de Rodrigo, pequeño y en una cajita de fósforos chiquita de las de cincuenta centavos; en el bolsillo de su pijama listo, atento, húmedo, tembloroso, ella lo cuidaba.

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