Sobre la solidaridad sexual.

Era increíble como la aglomeración de gente puede desarrollar en alguien tan pacífico un escalofriante instinto asesino. Los sonidos de los celulares, el silbido del Samsung, el timbrecito del Blackberry, las llamadas, los bostezos, las lagañas, el olor a chivo, el apelotonamiento de gente, esas compresas de yogurt que se te aplastan en la nariz al momento de inspirar, la gente durmiendo, las posiciones contracturadas de los pasajeros, el vaivén del colectivo, el chofer que sigue subiendo gente, el “un paso más para atrás por favor”, la señora gorda que te restriega su tierno y rollizo cuerpo contra las costillas, la gente que te mira, los resoplidos, la variada música en los auriculares demasiado altos, el desprecio, la integridad, lo normal, el pitido del marcador de la tarjeta al pagar el pasaje, el timbre, gente que sube, gente que baja, los pisotones, la suciedad, el piso húmedo, las luces azules de un chofer un tanto “chic”, las guirnaldas peludas que cuelgan en la zona del conductor, los peluches, los banderines, lo normal, lo cotidiano, el trabajo, el hastío, la desesperación, la competencia, los jóvenes, los viejos, los adultos, los niños que lloran, las viejas que parlotean a favor del gobierno de turno, las que parlotean en contra, los pro-nazis, los progresistas, el estado de las calles, las zanjas, el tráfico, la publicidad.

Me conformo pensando que no soy el único que lo siente. Que no soy el único que lo sufre. Pero el único que lo piensa, que lo razona, que no lo normaliza. Me tranquiliza pensar que soy el único que tiene un .32 en el bolso, que si lo sacara podría tener el colectivo para mi solo. Que todos retrocederían ante el frío cañón y las cálidas balas. Que ante el miedo a morir se bajarían espantados. Que nadie se atrevería a enfrentarme y pobre de aquel que lo intentara.

Mentira. No lo tenía.

En ese colectivo de la línea 37 las caras de los pasajeros delataban sus pensamientos. A mi derecha Bonny and Clyde, a mi izquierda Mason, hasta había un Petiso Orejudo.

Cuando por fin pude sentarme ya no tenía esa perspectiva divina de las tetas de esa chica rubia y de anteojos. La había estado mirando y ella a mi, parecía importarle poco que su novio pelado se percatara y a mi mucho menos. Ella sabía lo que yo pensaba, me deseaba, sus ojos lo dejaban bien claro. Miradas furtivas con un destello de placer. Simple voyeurismo, simple sadismo, después de todo, en su casa, en la calle, en la cama, en la cocina ella se la seguiría chupando a él. Ella seguiría comprando ese combo. No sé hasta qué punto él era una mejor oferta que yo. Era difícil de determinar. Como cuando decidimos entre Pepsi o Coca-Cola; o McDonald’s y Burguer King; o Adidas y Nike. Si bien la publicidad es un impulso al consumo no necesariamente define las decisiones del consumidor. Especialmente entre productos tan parecidos. Y con esto no quiero decir que el pelado y yo fuéramos parecidos, que de hecho no lo éramos, pero yo podría tener cualidades que el no y viceversa, aunque lo dudo 一como el mercado lo admite yo debía sentirme el mejor producto en venta一. En fin, la cotidiana contienda entre lo que uno no se arriesga a consumir por elegir la marca predilecta o la de siempre, la de la rutina; el miedo a probar algo distinto se inicia cuando se establece un mercado de valores racionalizado. Cuando se priorizan diferentes valores o identidades de consumo.

Y allí estaba yo, sentado, comparándome como en una falsa publicidad de los sesenta contra el pelado. Ambos parados sobre una tarima ofreciéndonos a las garras de la rubia. El sexo o el placer sexual era un bien de mercado. Una mercancía compleja, inscripta en un sistema de valores instaurado desde las pujas por la liberación sexual. Liberación que gracias al perfecto funcionamiento y adaptación de nuestro sistema se volvió liberalismo, una pata más, de hecho, del liberalismo económico. Ya lo había dicho Michel Houellebec:

“Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto.” En Ampliación del campo de batalla.

Él parecía uno de esos tipos que no salta en defensa de su amante por cualquier estupidez y no lo culpo, yo tampoco lo haría.

En fin, pude sentarme y quería dormir el resto del viaje pero no pude. Me percate de que una señora gorda con vestido ancho floreado y collar de perlas falsas me miraba con asco. Le sonreí. Miró para otro lado y yo hice lo mismo. Probablemente se había percatado de mi intercambio de miradas con la chica y eso le disgustaba.

“…fenómenos de empobrecimiento absoluto.”

La muchacha rubia parecía una “niña bien” con su novio pelado, esbelto, sonrisa de amplios dientes, mirada dulce y cara de buenos amigos. Distinto de mí: un hombre desprolijo, pelo dejado, ropa dejada, barba dejada, mirada de pocos amigos y sonrisas forzadas. Y estaba bien. Éste mundo no me gustaba en absoluto. No me haría problema por una vieja moralmente sensible.

Probablemente no fueran castos (con esas tetas lo dudo). Pero parecían felices. Parecían.

Habían estado hablando de sus futuros hijos, que saldrían pelados según ella. Pobres niños. Tantos hombres y mujeres sufriendo los efectos de la calvicie y ella se regocijaba en el obligado rapado de su novio. ¿Es que no le importaba lo que pudiera pensar él?

Se dispusieron a bajar. Ella se paró y vaya sorpresa: tenía unas hermosas piernas también y terminaban en dos voluptuosas nalgas. No suelo declararme como un baboso y mucho menos como un machista. Simplemente me gusta apreciar la belleza del cuerpo humano. En silencio. Sin ofender a nadie. Seguramente fuera presa de los teje y maneje de las operaciones aprendidas e implícitas que se mueven en el fuero interno de las personas que nacieron en esta sociedad patriarcal. Al igual que esa chica, que la vieja, que su novio, que el chofer. Todos. Pero intentaba controlarlas con poco éxito. A pesar de mis deseos no me diferenciaba de nadie.

Cuando bajaron volví la mirada a la señora gorda. Me observaba. Su grotesco rostro vacío de arrugas por el estiramiento surgido, no de cirugías estéticas, sino por el efecto gravitatorio proporcionado por una enorme papada y estirados lóbulos, me ofrecía una mirada de reprenda. Meneaba la cabeza como diciendo: “que mal, que mal” y yo, aún a unos cuatro metros de distancia, casi que podía escuchar el movimiento de esos colgajos. Me estremecí y harto de la situación le dediqué un gesto obsceno. Puse mis dedos en “v” delante de mi boca y pasé mi lengua por entre medio. Y cuando yo pensé que eso era imposible su rostro se arrugó ante el desprecio. Yo reí.

“…sistema de diferenciación…”

Pude ver un brillo en el fondo de sus ojos antes de que volteara el rostro hacia la ventana. Solté una carcajada seca y corta. Un “¡Ja!” que resumía todos mis pensamientos y mi oscuro descubrimiento. Rápidamente me miró colorada como el interior de una sandía y me disparó una mirada enfurecida. Volvió a mirar la ventana y se concentró en el tráfico que se apelotonaba en la avenida. Autos, colectivos, combis intentando llegar a ningún lugar. Yo hice lo mismo.

Alguna vez había oído hablar de transposiciones de géneros como una idea para explicar el fenómeno del paso de un mismo mensaje de un género a otro. Era curioso verlo a una categoría un tanto biológica. Es decir los autos ahí afuera llevaban tanto o mayor información que un espermatozoide y allí estaban luchando por llegar al “óvulo” tan deseado casi por una inercia ridículamente divina o primigenia.

Así que a la vieja le quedaba algo de esa juvenil energía. Ella hubiera querido, en lo más profundo de sus deseos, que aquel gesto fuera real. Pero se sentía culpable, la avergonzaba aquella realidad. Y a mi me avergonzaban dos cosas. Por una lado 一y con un sentimiento ambiguo entre vergüenza y convicción一 la idea de que yo le habría dado el gusto. El gusto de cumplir esa fantasía que por un segundo resbaló por su consciencia. Y por otro lado la impotencia ante una situación humano-política. La imposibilidad de satisfacer a un par. Y hablo de la solidaridad sexual. ¿Por qué no estaba bien visto entregarle a alguien una cuota de placer de la misma forma que se puede dar pan, trabajo, dinero o un vaso de agua?

Ambas inquietudes estaban relacionadas, la primera era consecuente con la segunda. La vergüenza propia era producto de un orden impuesto, un sistema implícito y aprehendido de razonamientos y categorías que se fundan en un estereotipo de sujeto productivo en el que se incluye un estereotipo de belleza 一al menos desde mi perspectiva一 que dejaba a la pobre vieja imposibilitada productivamente, inerte, inútil, tanto en un sistema de producción como de un sistema de sexo. Eso casi que festeja mi inquietud segunda. Que era una vergüenza ajena, mantenida sobre el resto de mis congéneres humanos. Casi como un reproche que se articulaba con la idea de la ampliación del campo de batalla. La respuesta estaba ahí.

Durante el resto del viaje no nos volvimos a mirar.

Cuando terminó el recorrido ambos bajamos y allí estaba, mientras yo me encendía un cigarrillo, esperando para cruzar. Me paré a su lado. Me miraba nuevamente. Di una larga pitada al cigarrillo y expulsando el humo la miré. Era lo más sexy que podía ser. Fue muy dificultoso.

No esperaba más que un sobresalto, un rostro sonrojado y arrugado como muestra de sensaciones encontradas y a lo sumo un insulto por lo bajo. Y así fue. Miró el semáforo que estaba cambiando y comenzó a cruzar. Estaba aburrido y no pensaba en detenerme en eso. Cruzamos juntos e intenté mantener el paso a su ritmo. La avenida era ancha, nos quedaba una larga distancia que recorrer. Si ella aceleraba yo aceleraba, si aminoraba el paso yo también lo hacía. Intentaba imitar el movimiento de sus piernas de chanchito; y al mismo tiempo yo miraba a los demás transeúntes, los miraba uno por uno como si fueran productos, ganado de una subasta mundial, universal, que mantiene códigos de perversión y gusto que se mundializan, universalizan, especialmente con la aparición de internet, la democratización de la pornografía y la categorización por género, perfectamente mediático 一casi como la grilla de un cine一 de las perversiones y gustos: pechos peludos, pechos depilados; senos grandes, senos pequeños, gordos, flacos; con barba, sin barba, rubias o rubios, morochos, morochas, colorados, coloradas; manos grandes, penes enormes, penes pequeños, arrugados; vaginas de labios grandes, vaginas de labios contraídos y podría seguir, y sigo: “teens”, “milfs”, sado, cuero, latex, sogas; travestis con mujeres, travestis con hombres, travestis con travestis; hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, mujeres con mujeres y hombres; bailarinas, gimnastas, yoga…

Por fin llegamos a la otra vereda y sin mirarnos siquiera nos dirigimos en direcciones diferentes. Le dediqué una silenciosa disculpa por ser la víctima de mi aburrimiento y apagué el cigarrillo, ser vieja seguro le bastaba para el resto de su vida y a mi me esperaba lo mismo. Estábamos condenados.

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